Palabras para un grado
Me invitaron a hablarle a unos graduandos; esto alcancé a decir
Buenos días a todos.
A las familias, a los profesores, a las directivas de Renfort y especialmente a ustedes, los graduandos de la Promoción 2026-I: gracias por invitarme a estar aquí.
Hoy quiero empezar diciéndoles algo muy simple: no vengo a darles fórmulas o recitar frases famosas de motivadores, empresarios trillonarios o filósofos.
De hecho, cada vez desconfío más de la gente que dice tener la fórmula exacta para vivir bien, para ser feliz, para triunfar o para encontrar el propósito. Soy alérgico a los coaches; a las frases ajenas sobre cómo vivir y me gusta más la autenticidad del meme y la vida privada; lo poco que nos queda.
La vida, al menos la que yo he conocido, no funciona con manual. No viene con instrucciones. No viene con garantía.
Y tal vez eso sea lo más bonito.
Hoy no quiero hablarles desde un pedestal. No quiero hablarles como alguien que ya entendió todo. Quiero hablarles como alguien que también ha tenido miedo. Como alguien que también se ha equivocado. Que se equivoca. Como alguien que también duda. Como alguien que ha tenido que comenzar de nuevo más de una vez.
Quiero hablarles desde el emprendimiento, sí. Pero no solo desde el emprendimiento como empresa, negocio, pitch, inversión o ventas.
Quiero hablarles del emprendimiento como una forma de vivir.
Porque emprender no es solamente crear una compañía.
Emprender es atreverse a hacer una pregunta que nadie está haciendo.
Es mirar un problema y decir: “yo puedo intentar resolverlo”.
Es tener una idea, aunque al principio parezca pequeña.
Es comenzar sin tener todo claro.
Es caminar con miedo, pero caminar.
Es fallar, aprender y volver a intentar.
Y hoy, que ustedes están cerrando una etapa muy importante, quiero decirles algo que ojalá me hubieran repetido muchas veces cuando yo estaba más joven:
No tengan afán de tenerlo todo claro.
En serio.
No pasa nada si hoy no saben exactamente quiénes van a ser.
No pasa nada si no tienen diseñada toda la vida.
No pasa nada si cambian de opinión.
No pasa nada si prueban un camino y después descubren que no era por ahí.
A veces nos venden la idea de que la vida es una línea recta. Que uno sale del colegio, escoge una carrera, consigue un trabajo, gana plata, compra cosas, cumple metas, paga deudas y listo. Como si la vida fuera una lista de chequeo. Fácil!
Pero la vida real es mucho más desordenada. Y mucho más interesante. Y yo creo en la entropía.
La vida real tiene vueltas. Tiene pausas. Tiene accidentes. Tiene pérdidas. Tiene viajes. Tiene amigos que llegan y otros que se van. Tiene planes que no salen. Tiene oportunidades que aparecen cuando uno menos las espera.
A veces digo de la nada: “somos accidentes esperando a ocurrir”.
Y muchas veces, lo que termina cambiándonos la vida no es lo que planeamos perfecto, sino lo que nos atrevimos a vivir.
Por eso quiero dejarles unas ideas sobre eso…
La primera: anímense a fracasar. Yei!
Sé que suena raro decir eso en una ceremonia de grado. Uno normalmente viene a decir: “sean exitosos”, “cumplan sus sueños”, “lleguen muy lejos”. Y sí, obvio, deseo todo eso para ustedes. Pero yo vengo de otra formación.
Yo les deseo algo más profundo: les deseo que no le tengan tanto miedo a cagarla.
Porque el miedo a fracasar paraliza.
El miedo a fracasar hace que uno no pregunte.
Que uno no intente.
Que uno no se lance.
Que uno prefiera quedarse quieto antes que quedar mal.
Y yo les prometo algo: en la vida van a quedar mal algunas veces.
Van a equivocarse.
Van a decir cosas que después van a entender mejor.
Van a tomar decisiones que no salen como esperaban.
Van a querer algo con todas sus fuerzas y tal vez no se dé.
Van a perder oportunidades.
Van a recibir un “no”. Van recibir muchos NO.
Van a sentir que no son suficientes y van a decir “no debí…”
Y aun así, la vida sigue.
El fracaso no es una sentencia. El fracaso no significa que ustedes no sirven. El fracaso muchas veces significa que tuvieron el valor de hacer ALGO.
En el mundo del emprendimiento uno aprende eso muy rápido. Yo digo que emprender es fracasar rápido y barato.
Hay ideas que parecen brillantes y no funcionan. Hay proyectos que nacen con toda la energía y se caen. Hay conversaciones que prometen mucho y no pasan. Hay puertas que se cierran. Hay días en los que uno se pregunta: “¿yo para qué me metí en esto debí quedarme siendo contador?”.
Pero también aprende algo poderoso: cada caída trae información.
Uno aprende qué no hacer.
Aprende a escuchar mejor.
Aprende a pedir ayuda.
Aprende a ser humilde.
Aprende a levantarse sin hacer tanto show.
Aprende que el ego pesa demasiado y que para avanzar hay que soltarlo.
Fracasar no es bonito cuando está pasando. No voy a romantizarlo. Duele. Da rabia. Da pena. A veces da vergüenza.
Pero cuando uno lo mira con el tiempo, entiende que algunos fracasos fueron maestros disfrazados.
Entonces, cuando salgan de aquí, no se pregunten solamente: “¿cómo hago para no fallar?”. Pregúntese mejor: “¿qué vale tanto la pena que estoy dispuesto a intentarlo, incluso si puedo fallar?”
Esa pregunta cambia la vida.
La segunda invitación: viajen.
Y no me refiero solamente a montarse en un avión e irse lejos. Si pueden hacerlo, háganlo. Conozcan otros países, otros idiomas, otras culturas, otras calles, otros sabores, otras formas de vivir.
Pero viajar también es salir de la burbuja.
Viajar es hablar con alguien que piensa distinto.
Viajar es leer un libro que les incomoda.
Viajar es visitar un lugar de su propia ciudad que nunca han mirado con atención.
Viajar es trabajar con personas que vienen de otras realidades.
Viajar es escuchar una historia que les rompe un prejuicio.
Viajar es dejar de creer que el mundo se acaba en lo que uno ya conoce.
Viajar es una forma de humildad.
Porque cuando uno viaja, entiende que su forma de vivir no es la única. Que sus problemas no son los únicos. Que sus ideas no son las únicas. Que hay muchas maneras de amar, de trabajar, de comer, de celebrar, de sufrir y de soñar.
Y eso es fundamental para emprender y para vivir.
Ser un FLANEUR.
Porque las mejores ideas casi nunca nacen encerradas. Nacen cuando uno se expone al mundo. Cuando uno mira. Cuando uno pregunta. Cuando uno se pierde un poco.
Por eso, de verdad, piérdanse un poquito.
No irresponsablemente. No para hacerse daño. No para demostrar nada.
Piérdanse en el sentido bonito: permitan que la vida los sorprenda.
No tengan una vida tan rígida que no les quepa el asombro.
Hay personas que tienen todo planeado, pero no sienten nada.
Hay personas que cumplen todas las metas, pero no se conocen.
Hay personas que llegan muy lejos, pero llegan solas.
Hay personas que ganan mucho, pero olvidan por qué empezaron.
No quiero eso para ustedes.
Quiero que vivan.
Que viajen.
Que bailen.
Que pregunten.
Que se enamoren de ideas.
Que construyan amistades reales.
Que pidan perdón.
Que llamen a sus papás. (algunos pedirán más plata para viajar)
Que abracen a sus abuelos si los tienen cerca.
Que cuiden a sus profesores en la memoria.
Que se rían duro. Y que los manden a callar por eso.
Que lloren cuando toque.
Que no se vuelvan cínicos tan temprano (eso me duele de mí mismo, saben?)
Porque sentir también es una forma de inteligencia.
Y en un mundo que a veces premia parecer fuerte todo el tiempo, yo quiero recordarles algo: ser sensible no es ser débil. Tener emociones no los hace menos capaces. Al contrario. Sentir profundamente les permite conectar, crear, liderar y entender mejor a otros.
Los grandes emprendedores que yo he conocido no son solamente personas inteligentes. Son personas capaces de sentir un problema como propio. Capaces de escuchar. Capaces de obsesionarse amorosamente con una solución. Capaces de mirar a otros y decir: “esto puede ser mejor”.
La tercera invitación: construyan algo que no sea solo para ustedes.
Esta tal vez es la más importante, viendo el mundo que estamos viviendo.
Durante mucho tiempo nos dijeron que el éxito era una cosa individual. Mi carrera. Mi plata. Mi empresa. Mi logro. Mi reconocimiento. Mi nombre.
Pero cada vez creo menos en ese éxito solitario.
Uno puede ganar muchas cosas y aun así sentirse vacío si todo se trata solamente de uno.
El emprendimiento me ha enseñado que las cosas verdaderamente grandes se construyen con otros. Con equipos. Con aliados. Con amigos. Con mentores. Con personas que creen en uno cuando uno mismo está dudando.
Nadie llega lejos completamente solo.
Detrás de cualquier proyecto que parece exitoso hay muchas manos. Alguien que abrió una puerta. Alguien que escuchó una idea. Alguien que dio un consejo. Alguien que dijo la verdad. Alguien que se mantuvo en silencio. Alguien que celebró sin envidia.
Por eso, no se obsesionen con ser héroes individuales.
Sean comunidad.
El mundo ya tiene suficientes personas intentando salvarse solas. Necesitamos más personas dispuestas a construir con otros.
Y ustedes, que hoy se gradúan, tienen una oportunidad enorme: pueden decidir desde temprano qué tipo de personas quieren ser.
No solo qué quieren estudiar.
No solo en qué quieren trabajar.
No solo cuánto quieren ganar.
Pregúntense también:
¿Qué tipo de amigo quiero ser?
¿Qué tipo de hijo o hija quiero ser?
¿Qué tipo de ciudadano quiero ser?
¿Qué tipo de líder quiero ser?
¿Qué tipo de huella quiero dejar?
Porque al final, la vida no se mide solo por los cargos que ocupamos. Se mide por la forma en que hicimos sentir a otros. Por las puertas que abrimos. Por las conversaciones que nos atrevimos a tener. Por el bien que fuimos capaces de hacer cuando nadie nos estaba mirando.
Y aquí quiero hablarles a las familias también.
Gracias.
Gracias por acompañar, por insistir, por madrugar, por pagar, por esperar, por corregir, por abrazar, por tener paciencia incluso cuando no era fácil. Gracias por creer en ellos antes de que ellos supieran creer completamente en sí mismos.
Y a los profesores: gracias por sembrar.
A veces los estudiantes no se dan cuenta de inmediato. A veces uno entiende años después lo que un buen profesor dejó en la vida de uno. Una frase, una exigencia, una conversación, una mirada de confianza. Educar es un acto de fe. Es sembrar sin controlar del todo cuándo va a florecer.
Y hoy, viendo a esta promoción, algo de eso florece.
A ustedes, graduandos, les digo: miren un momento a su alrededor.
Miren a sus compañeros.
Tal vez hoy no lo dimensionan, pero están cerrando una etapa que no vuelve igual. Van a extrañar cosas que hoy les parecen normales. Los pasillos. Los chistes internos. Las clases que parecían eternas. Las amistades que los acompañaron. Los profes que les tuvieron paciencia. Las rutinas que un día fueron paisaje y mañana serán memoria.
Agradezcan.
No porque todo haya sido perfecto. Seguramente no lo fue. Ningún colegio, ninguna familia, ninguna vida es perfecta.
Agradezcan porque aquí crecieron. Porque aquí algo se sembró. Porque aquí aprendieron cosas que todavía no saben que aprendieron.
Y ahora viene un salto.
La invitación que recibí decía que ustedes son una generación de seeds, de semillas únicas, diversas y llenas de propósito.
Me encantó esa imagen.
Porque una semilla tiene algo muy poderoso: por fuera puede parecer pequeña, pero por dentro carga un bosque posible.
Pero para crecer, una semilla tiene que romperse.
Tiene que dejar de ser lo que era. Tiene que entrar en la tierra. Tiene que atravesar oscuridad. Tiene que empujar sin ver todavía la luz.
Y eso también les va a pasar a ustedes.
Van a tener momentos en los que sientan que algo se rompe. Una idea de ustedes mismos. Una relación. Un plan. Una certeza. Una versión antigua de quienes eran.
Y aunque duela, muchas veces eso no es el final. Es crecimiento.
Crecer no siempre se siente como avanzar. A veces crecer se siente como una confusión. Como incomodidad. Como despedida.
Pero no le tengan miedo a cambiar.
No son una sola versión para siempre.
Permítanse evolucionar. Permítanse aprender. Permítanse decir: “ya no pienso igual”. Permítanse pedir ayuda. Permítanse empezar de nuevo.
Eso también es valentía.
Quiero que se lleven esta frase:
No les deseo una vida fácil. Les deseo una vida viva.
Una vida fácil puede sonar cómoda, pero no necesariamente transforma.
Una vida viva tiene emoción. Tiene riesgo. Tiene amor. Tiene preguntas. Tiene caídas. Tiene viajes. Tiene decisiones difíciles. Tiene propósito. Tiene personas.
Una vida viva no siempre se ve perfecta desde afuera, pero se siente verdadera por dentro.
Y eso, para mí, vale más.
Entonces, Promoción 2026-I:
Salgan a la vida con curiosidad.
No maten sus preguntas.
No se burlen de sus sueños antes de intentarlos.
No confundan prudencia con miedo.
No confundan éxito con aplausos.
No confundan fracaso con identidad.
No confundan estar perdidos con estar perdidos para siempre.
A veces perderse es parte del mapa.
Sean valientes, pero también sean tiernos. Sean ambiciosos, pero no se vuelvan duros.
Compitan, pero no destruyan.
Ganen, pero no solos.
Crezcan, pero no olviden de dónde vienen.
Vuelen, pero cuiden sus raíces.
Y cuando la vida les pregunte quiénes son, no sientan que tienen que responder perfecto de una vez.
Respondan viviendo.
Respondan intentando.
Respondan amando.
Respondan creando.
Respondan viajando.
Respondan fracasando y levantándose.
Respondan construyendo algo que haga mejor la vida de alguien más.
Porque esa es una gran forma de emprender la vida: no esperar a tener todo resuelto para empezar.
Empiecen.
Con miedo, pero empiecen.
Con dudas, pero empiecen.
Con una idea pequeña, pero empiecen.
Con una conversación, pero empiecen.
Con un primer paso, pero empiecen.
Y ojalá, muchos años después, cuando miren hacia atrás, puedan decir:
No fue una vida perfecta.
Pero fue una vida mía.
La viví.
La intenté.
Me caí.
Me levanté.
Amé.
Viajé.
Construí.
Y no me quedé quieto.
Felicitaciones, Promoción 2026-I.
El mundo no necesita que salgan de aquí perfectos.
Necesita que salgan despiertos.
Humanos.
Curiosos.
Valientes.
Dispuestos a sembrar algo.
Quiero decirles algo que puede sonar raro en un día como hoy: tal vez no somos tan importantes como a veces creemos.
No somos el centro del universo.
No somos dueños del tiempo.
No controlamos casi nada.
No tenemos garantizado que todo vaya a salir bien.
Hay una película que me gusta mucho, Todo en todas partes al mismo tiempo.
Es una película rara, llena de universos paralelos, pero en el fondo habla de algo profundamente humano: cuando todo parece demasiado grande, demasiado absurdo o demasiado confuso, todavía nos queda una decisión muy poderosa: ser amables, amar mejor y cuidar lo que tenemos cerca.
A mí esa idea me parece brutal.
Porque si somos pequeños en la historia del universo, entonces no tiene sentido vivir atrapados en el miedo a todo. O a Nada.
No tiene sentido fingir una vida que no sentimos.
No tiene sentido aplazar los viajes, las conversaciones, las ideas, los abrazos, los proyectos, los perdones.
Si la vida es breve, entonces vivan.
Si no tienen todo bajo control, entonces aprendan a caminar con incertidumbre.
Si pueden fallar, entonces fallen intentando algo que valga la pena.
Si son apenas una parte de algo más grande, entonces construyan comunidad.
Tal vez no vinimos a ser perfectos.
Tal vez vinimos a estar despiertos.
Muchas gracias por dejarme aprender de ustedes.
